Roiman F. Navarro V. / Prensa MinSalud. – Mientras que en los países desarrollados ocho de cada diez niños logran vencer al cáncer, en las regiones con menos recursos la realidad es inversamente proporcional, solo dos logran sobrevivir. Esta profunda brecha de desigualdad es el motor del Día Internacional contra el Cáncer Infantil 2026, una fecha que trasciende el simbolismo del lazo dorado para exigir que el código postal de un niño no sea el factor determinante de su vida. Bajo la meta global de la Organización mundial de la Salud (OMS) para 2030, el mundo enfrenta hoy el reto de transformar los sistemas de salud para que el acceso a medicamentos y diagnósticos tempranos deje de ser un privilegio y se convierta en un derecho universal.
La OMS estima que cada año se diagnostican aproximadamente 400 mil casos de cáncer en menores de 19 años. A diferencia de lo que ocurre en la población adulta, la gran mayoría de los cánceres infantiles no tienen una causa externa o ambiental identificable, lo que significa que las estrategias de prevención basadas en el estilo de vida no son aplicables en esta etapa de la vida. Los diagnósticos más recurrentes a nivel global incluyen las leucemias, que representan la mayor carga de la enfermedad, seguidas por los tumores del sistema nervioso central y los linfomas. Otros tumores sólidos, como el neuroblastoma y el tumor de Wilms, también figuran entre las patologías más comunes en la infancia.
Para el ciclo 2024-2026, la conmemoración se centra en el lema «Del desafío al cambio», con el foco puesto este año 2026 en demostrar el impacto real de las acciones colectivas y las políticas de salud pública. La jornada no solo sirve para rendir homenaje a los supervivientes y a quienes luchan contra la enfermedad, sino también para exigir compromisos políticos que garanticen una cobertura sanitaria universal. Al integrar el apoyo psicológico y el cuidado integral como pilares fundamentales, este día refuerza la meta global de alcanzar una tasa de supervivencia de al menos el 60% para el año 2030, y duplicar la probabilidad de curación en las regiones más vulnerables del planeta.
El Huracán y la Calma: El Vuelo de Max hacia la Esperanza
El 29 de enero de 2025 quedó marcado en el alma de Maryi Viloria como el inicio de una batalla por la vida. Ese día, en una sala de operaciones se libró la primera gran lucha contra un neuroblastoma que intentaba apagar la luz de su pequeño, Max Silva. Desde las tierras altas de Trujillo, el destino los condujo al Hospital J.M. de los Ríos en Caracas, un viaje que para muchos sería de incertidumbre, pero que para Maryi fue el cumplimiento de un propósito mayor. «Al enterarme, todo cambió», confiesa con una voz que mezcla la fragilidad del recuerdo con la firmeza del presente. «Fue como entrar de golpe en el ojo de un huracán».
En medio de una tormenta de diagnósticos y pasillos blancos, Max se convirtió en un pequeño gigante. Soportó con una templanza asombrosa 30 ciclos de radioterapia y cinco sesiones de quimioterapia; cada gota de medicina era un paso más lejos del miedo y un paso más cerca de la meta. Maryi describe el proceso como un camino de aprendizaje humano en el que fue fundamental la labor del personal de oncología. Ellos encontraron en el J.M de los Ríos una mano extendida y un trato profundamente humanitario que les recordó que, en medio de la enfermedad, la dignidad es parte de un tratamiento eficaz.
Pero más allá de los fármacos y la tecnología médica, hubo una fuerza invisible que sostuvo a esta familia trujillana, la fe inquebrantable. Como cristiana practicante, Maryi no solo vio protocolos médicos, vio milagros diarios. «Después de la turbulencia, vino la calma», relata con una paz que conmueve. Para ella, el tratamiento gratuito y el apoyo institucional fueron las herramientas, pero su convicción fue el motor. Con una sabiduría que solo nace en las pruebas más duras, Maryi ha decidido declarar a Max sano antes de que el último examen lo confirme, asegura que vive cada día desde la gratitud y no desde la carencia.
Hoy, el relato de Max y Maryi es un faro para otras madres que sienten que el mundo se desmorona tras una puerta de hospital. Su mensaje es contundente, el cáncer es una prueba, no un destino final. Hoy, Max sigue escribiendo su historia a diario, con la garantía de contar con un Sistema Público de Salud que no solamente atiende su padecimiento, sino que lo entiende y lo cobija desde todos los ámbitos para acompañarlo en su retorno a la salud plena.
Hablan los especialistas
En el marco del 25° aniversario de la instauración del Día Internacional del Cáncer Infantil, la Dra. Gisela Vargas, directora nacional de Oncología del Ministerio del Poder Popular para la Salud (MinSalud), enfatiza la urgencia de la detección temprana para elevar los índices de curación. A nivel global, se diagnostican 280,000 casos nuevos anualmente, de los cuales Venezuela registra entre 1,000 y 1,900 pacientes cada año.
Según Vargas, Venezuela mantiene una tasa de sobrevida de entre 40% y 50%, una cifra que pone al país como vanguardia en la lucha contra el cáncer infantil en la región andina. La meta es alcanzar el 60% para el año 2030, en línea con los objetivos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). La Dra. Vargas destaca que patologías como las leucemias —la más frecuente—, tumores del sistema nervioso central, retinoblastoma y linfomas, cuentan con protocolos de tratamiento que pueden alcanzar el 100% de curación si se detectan a tiempo. No obstante, la especialista aclara que un paciente solo se considera formalmente curado tras superar un periodo de vigilancia médica estricta de cinco años post-tratamiento.
Respecto a las políticas públicas, el Estado venezolano garantiza la gratuidad de los tratamientos a través de las farmacias de alto costo, que cubren entre 70% y 80% de los protocolos de quimioterapia. Actualmente, el país cuenta con 19 centros de atención pediátrica distribuidos en 12 entidades federales. Pese a las limitaciones en el área de radioterapia, las autoridades adelantan la adquisición de equipamiento especializado para el hospital J.M. de los Ríos.
Un indicador positivo es el bajo índice de abandono de tratamiento, que se sitúa por debajo de 7%, gracias al seguimiento médico y al apoyo familiar, factor crucial para el manejo del impacto psicosocial, especialmente en adolescentes.

Además, para el Sistema Público Nacional de Salud, la prevención se fundamenta en el empoderamiento comunitario mediante manuales de detección temprana. A modo de recomendación, la doctora Gisela Vargas asegura que los padres y cuidadores deben estar alerta ante síntomas persistentes como vómitos en proyectil, dolores óseos unilaterales, ganglios inflamados por más de cuatro semanas o sangrados recurrentes. La especialista insiste en que el diagnóstico precoz es la herramienta más potente para salvar vidas; un niño diagnosticado en etapas iniciales tiene una posibilidad de supervivencia total, transformando el estigma del cáncer en una etapa transitoria hacia una vida normal y saludable.
El desafío de un diagnóstico temprano y humano
En el marco del Día Internacional del Cáncer Infantil, el Dr. Augusto Pereira González, jefe de Oncología del Hospital de Niños J.M. de los Ríos, enfatiza que el pilar fundamental para la supervivencia es el diagnóstico precoz. En pediatría, la detección temprana es un reto clínico, ya que los síntomas iniciales (fiebre, dolor de cabeza o malestar) suelen confundirse con patologías comunes. Sin embargo, la diferencia es radical: un tumor detectado en estadio 1 puede tener una sobrevida de hasta el 100%, mientras que en etapas avanzadas esta cifra puede desplomarse hasta el 40%. Por ello, el enfoque médico en el hospital ha virado hacia la «medicina de precisión», buscando identificar variantes genéticas para ofrecer tratamientos personalizados que no solo salven vidas, sino que garanticen calidad de vida a largo plazo.
El impacto emocional de la noticia es un proceso que el equipo médico aborda con extrema cautela. El Dr. Pereira destaca que no se confirma un diagnóstico de cáncer hasta tener certeza absoluta y resultados de biopsia, para evitar así un trauma psicológico innecesario. Para mitigar el impacto, el hospital cuenta con un equipo multidisciplinario y el apoyo de la Asociación Venezolana de Padres de Niños con Cáncer. Este acompañamiento psicosocial es vital, pues entre el 60% y 70% de los pacientes provienen del interior del país, a menudo con recursos limitados. El objetivo es que la familia se mantenga unida y que los hermanos no queden desatendidos, bajo el lema del servicio: «Hacer de cada día el mejor día posible».

Finalmente, el Dr. Pereira resalta la asombrosa resiliencia de los niños, quienes a menudo muestran una voluntad de vivir superior a la de los adultos. Los pacientes pediátricos no solo toleran mejor la quimioterapia, sino que frecuentemente son ellos quienes animan a sus padres a seguir adelante. En adolescentes de 12 a 14 años, se respeta por ley su derecho a estar informados y participar en las decisiones sobre su salud. El mensaje para las familias venezolanas es de esperanza y lucha: el tratamiento es un periodo breve comparado con los 60 o 70 años de vida que un niño tiene por delante. Con un ánimo positivo y un equipo comprometido, el cáncer infantil no es solo una batalla por sobrevivir, sino una apuesta por un futuro pleno.
Un mensaje de esperanza y valentía
«Soy Wilmary Márquez, y desde hace dos años mi vida se detuvo y renació al mismo tiempo con el diagnóstico de mi pequeño Adrián: un sarcoma embrionario hepático. En los pasillos del Hospital J.M. de los Ríos no solo hemos encontrado medicina, sino manos amigas y corazones dispuestos que nos han acompañado en cada batalla». Márquez relata que hoy, con el alma suspendida entre la fatiga y el alivio, están cerrando el ciclo de quimioterapias; «nos preparamos para la cirugía con la certeza de quien sabe que no camina sola. Miro a mi hijo y veo un milagro en construcción, y sé que, con el favor de Dios, pronto este capítulo será solo el testimonio de nuestra victoria».
Esta mujer venezolana envía un mensaje a todas las madres venezolanas, «A ti, mamá, que hoy sientes que el mundo pesa demasiado y que el miedo te quita el aliento en las noches de hospital: te pido que no sueltes la fe. Confía en los médicos, abraza cada tratamiento con esperanza y recuerda que nuestra fortaleza es el motor de nuestros hijos. No estamos derrotadas; estamos luchando la batalla más noble que existe. Mantén la frente en alto y el corazón firme, porque de la mano de Dios y con la ciencia como aliada, saldremos adelante para ver a nuestros hijos sonreír de nuevo, sanos y plenos».

El papel del Ministerio del Poder Popular para la Salud
El Ministerio del Poder Popular para la Salud (MinSalud), a través de la dirección de oncología, publicó un Manual de Detección Temprana de Cáncer Infantil a Nivel Comunitario y Manual de Detección Temprana del Retinoblastoma a Nivel Comunitario en septiembre del 2025, cuya realización contó con el seguimiento y apoyo técnico de la Organización Panamericana de la Salud.
Estos manuales buscan involucrar a las propias comunidades en la detección temprana de síntomas que pudieran indicar la presencia de algún cáncer en niños y adolescentes menores de 19 años antes de que éste invada tejidos circundantes al órgano de origen, aumentando de esta manera la posibilidad de supervivencia de la persona.
La publicación de estos manuales se inscribe en la iniciativa de la OPS “CureAll Americas”, la cual tiene como finalidad alcanzar al menos una tasa de supervivencia del 60% de los niños, niñas y adolescentes con cáncer para el año 2030.
La detección temprana de los casos de cáncer infantil es crucial para acercarnos a este objetivo, y la comunidad juega un papel muy importante en este sentido, pues en muchos casos los síntomas del cáncer infantil son ignorados o malinterpretados por los padres.
Aunque estos síntomas dependen del tipo de cáncer y su localización, al menos 85% de los cánceres infantiles se asocian con signos de alarma que pueden ser fácilmente identificados por familiares, cuidadores, profesores y profesionales en salud del primer y segundo nivel de atención.
Es importante entonces que el mayor número posible de personas en cada comunidad sepa a cuáles síntomas debe prestar atención, cuáles afecciones indican la probabilidad de estar en presencia de algún tipo de cáncer infantil. La comunidad puede además ofrecer apoyo emocional y práctico a las familias afectadas.
El Lazo Dorado: Un Compromiso por la Vida
El Día Internacional del Cáncer Infantil no es solo una fecha en el calendario de la salud pública; es un recordatorio de que detrás de cada estadística, de cada ciclo de quimioterapia y de cada pasillo de hospital, late el corazón de un guerrero que apenas empieza a vivir. La conmemoración de este 15 de febrero nos confronta con una realidad ineludible: el cáncer pediátrico es un desafío que requiere la precisión de la ciencia, pero también la calidez de la humanidad. Como bien nos ha enseñado la pequeña gran historia de Max Silva y la valentía de su madre, Maryi, el diagnóstico no es un punto final, sino el inicio de una batalla donde la fe y el sistema de salud deben caminar de la mano.
En Venezuela, el compromiso por alcanzar esa meta del 60% de sobrevida para el año 2030 no es solo una política de Estado o un anhelo médico; es una promesa colectiva para que ningún niño vea truncados sus sueños antes de tiempo. La labor de especialistas como la Dra. Gisela Vargas y el incansable personal del J.M. de los Ríos nos demuestra que, a pesar de las tormentas y los bloqueos, la prioridad sigue siendo la misma: proteger la sonrisa de nuestra generación de relevo. Porque cuando un niño sana, sana también el futuro de todo un país.
Que este día nos sirva para entender que la detección temprana es nuestra mejor aliada y que la solidaridad es el medicamento que no se agota. Mientras existan madres que, como Maryi, logren encontrar la calma tras el huracán y médicos que entreguen su vida a la curación, habrá esperanza. Hoy honramos a los que luchan, recordamos con amor a los que partieron y reafirmamos nuestra voluntad de trabajar por un mundo donde el cáncer infantil deje de ser una amenaza para convertirse en una batalla que, unidos, siempre podamos ganar.